Evil Inside VR en PSVR2 no se juega: se sufre, se respira, se padece, pero cuando lo expandes, cuando te dejas arrastrar por su atmósfera, entiendes que esas palabras se quedan cortas. Es una experiencia que te agarra por la nuca desde el primer segundo, con dedos fríos, largos, invisibles, y te mete en una casa que no solo parece viva: parece consciente, como si cada pared tuviera memoria, como si cada sombra supiera tu nombre. Es un lugar que observa, que escucha, que espera. Y lo peor es que parece disfrutar cada vez que das un paso con miedo, como si el terror fuera el alimento que la mantiene en pie. La realidad virtual aquí no es un añadido: es la trampa perfecta, la jaula sin barrotes. No hay pantalla que te proteja, no hay distancia emocional, no hay “estoy jugando”. Solo estás tú, las gafas, tu respiración acelerada y un silencio tan espeso que parece que alguien lo está sosteniendo justo detrás de ti, con la paciencia de quien sabe que tarde o temprano te vas a girar.
La casa es un laberinto de ecos, sombras y pasillos que se estiran como si quisieran tragarte, como si el propio espacio se deformara para confundirte. Cada habitación tiene ese olor imaginario a humedad, a madera vieja, a polvo acumulado en rincones donde nadie debería haber estado nunca. Hay un peso en el aire, una densidad que te oprime el pecho, como si el ambiente estuviera cargado de algo que no se ve pero se siente. La iluminación es cruel, casi sádica: te muestra lo justo para avanzar, pero nunca lo suficiente para sentirte seguro. Te obliga a acercarte, a inclinarte, a mirar demasiado de cerca cosas que preferirías ignorar. Y cuando crees que ya te has acostumbrado, cuando tu respiración empieza a estabilizarse, cuando tu cerebro intenta convencerte de que “solo es un juego”, Evil Inside VR te lanza un susurro, un golpe seco, un crujido que no sabes si viene del juego o de tu propia casa. Ese es el verdadero terror de PSVR2: te hace dudar de la realidad, te hace cuestionar si el sonido que acabas de oír salió del auricular… o del pasillo real que tienes a tu espalda.
Es un miedo que se mete bajo la piel, que se queda en los huesos, que te acompaña incluso cuando te quitas las gafas. Un miedo que no grita: respira. Un miedo que no aparece de golpe: se insinúa. Un miedo que no te persigue corriendo: te espera. Y tú, atrapado en esa casa que no existe pero que sientes como si fuera tuya, avanzas porque no hay otra opción, porque la historia te empuja, porque la curiosidad es más fuerte que el instinto de supervivencia. Y en VR, esa es la condena perfecta.
Los objetos flotan, tiemblan, se mueven cuando no miras, pero cuando amplías esa sensación, cuando te quedas quieto un segundo más de lo que deberías, descubres que no es solo un truco visual: es una provocación, una invitación retorcida a que dudes de tus propios sentidos. Las paredes parecen respirar, hincharse y deshincharse como si tuvieran pulmones ocultos bajo la pintura desconchada. Las fotos no solo te siguen con la mirada: parecen esperar a que parpadees para cambiar de expresión, para inclinar la cabeza, para acercarse un milímetro más. Y tú avanzas, porque no hay otra opción, porque la historia te empuja hacia adelante como si fueras un intruso en un ritual que no entiendes, como si hubieras entrado en un lugar que no quiere que estés ahí… pero tampoco quiere que te vayas.
La presencia que habita la casa no aparece siempre, pero la sientes. Está ahí. En el rabillo del ojo, donde la visión se vuelve borrosa y la imaginación se vuelve peligrosa. En el sonido 3D que te susurra por la izquierda cuando tú estás mirando a la derecha, como si alguien se inclinara demasiado cerca de tu oído. En el DualSense que vibra como si algo te rozara el brazo, como si una mano invisible te tocara solo para comprobar si sigues vivo. En esa sensación de que si te das la vuelta demasiado rápido… vas a ver algo que no deberías ver, algo que lleva demasiado tiempo esperando ese momento exacto.
La narrativa se despliega como un rompecabezas maldito, uno que no quiere ser resuelto, uno que parece reordenarse cada vez que crees haber entendido algo. No te lo explican todo, no quieren que lo entiendas del todo. Quieren que lo sientas. Que te metas en la piel de alguien que está perdiendo el control, que está atrapado entre la culpa, el miedo y una presencia que no distingue entre recuerdos y pesadillas. Cada nota, cada objeto, cada visión es una pieza que encaja en un cuadro cada vez más oscuro, más retorcido, más íntimo. Y tú, atrapado en VR, eres parte del cuadro, una pincelada más en una obra que respira, que observa, que se alimenta de tu tensión.
Hay momentos en los que el juego te obliga a mirar. A acercarte. A tocar. A abrir una puerta que sabes que no deberías abrir, una puerta que parece latir como si tuviera un corazón detrás. Y aun así lo haces, porque el diseño está hecho para que la curiosidad te gane al instinto de supervivencia, para que avances aunque todo en tu cuerpo te diga que retrocedas. Y cuando lo haces, cuando cruzas ese umbral, el juego te recompensa con uno de esos sustos que no son ruidosos ni baratos: son silenciosos, lentos, inevitables. De esos que no te hacen saltar… te hacen congelarte, con el corazón golpeando el pecho como si quisiera escapar, como si tu propio cuerpo intentara huir antes que tú.
Evil Inside VR en PSVR2 es una experiencia espeluznante porque no se limita a asustarte: te invade. Te hace sentir vulnerable, observado, atrapado. Te convierte en protagonista de una pesadilla doméstica donde lo cotidiano se retuerce, donde lo familiar se vuelve hostil, donde cada paso es una invitación al abismo. Es un juego que no se olvida cuando te quitas las gafas. Se queda contigo. En la nuca. En los oídos. En la oscuridad del pasillo cuando apagas la luz, cuando te detienes un segundo antes de entrar en tu propia cocina, cuando escuchas un crujido en tu casa real y tu cerebro, todavía contaminado por la experiencia, se pregunta si esta vez… también hay algo ahí.
JanduSoft S.L. es ese estudio español que trabaja como si cada proyecto fuera una puerta que no deberías abrir… pero que aun así abres. No hacen juegos: fabrican experiencias inquietantes, pequeñas pesadillas interactivas que se te quedan pegadas a la piel. Tienen ese talento extraño de convertir lo cotidiano en algo perturbador, de transformar una casa normal en un laberinto emocional donde cada sombra parece tener intención propia. Su sello es claro: atmósferas densas, silencios que pesan, sustos que no necesitan gritar para helarte la sangre. Son artesanos del mal rollo, especialistas en crear mundos que respiran, observan y esperan. En este caso, Evil Inside VR es la prueba definitiva de que saben exactamente cómo meterse en tu cabeza… y quedarse ahí.
Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:





