Scott Pilgrim EX: el regreso más gamberro, pixelado y explosivo que te va a dejar sonriendo incluso después de la paliza
Scott Pilgrim EX es ese tipo de juego que no entra en tu vida, irrumpe. No llama a la puerta, no pregunta si puede pasar: la patea, te agarra del brazo como un colega hiperactivo que lleva tres horas bebiendo refrescos con cafeína y te suelta un “tío, ven, ven, VEN, que te voy a enseñar algo increíble”. Y tú, que solo querías echar una partida tranquila, acabas metido en una pelea callejera contra media ciudad, con la música reventando tus neuronas de la mejor manera posible y un estilo visual que parece un cómic que se tomó tres cafés de más y decidió ponerse a bailar. Es un beat ‘em up que no se corta ni un pelo: directo, descarado, lleno de energía, con ese humor tontorrón que te hace sonreír incluso cuando te están dejando la cara como un cuadro abstracto. Y reencontrarte con él en su versión para PlayStation 5 es como ver a un viejo amigo que ahora va al gimnasio, se viste mejor, huele bien y encima sigue siendo igual de idiota encantador que siempre.
El juego tiene ese encanto de las recreativas de los 90, pero como si alguien hubiera dicho “¿y si le metemos esteroides, azúcar y nostalgia a partes iguales?”. Entras, eliges personaje y a partir de ahí es repartir tortas como si no hubiera mañana. Pero no son tortas normales: son tortas con estilo, con personalidad, con ese toque exagerado que hace que cada golpe parezca una viñeta animada que cobra vida. Cada puñetazo tiene un BOOM, cada patada un WHACK, cada combo un ¡TOMA! que te hace sentir dentro de un cómic que ha decidido que tú eres el protagonista. Y entre pelea y pelea, el juego te suelta referencias, chistes, guiños y momentazos que solo pueden salir de un universo tan loco como el de Scott Pilgrim. Es como si el juego te dijera constantemente: “relájate, disfruta, y si puedes lanzar a un enemigo contra otro, mejor todavía”. Hay un ritmo, una vibra, una energía que te arrastra sin pedir permiso, como si el propio juego estuviera bailando contigo mientras te enseña a repartir amor en forma de puñetazos pixelados.
La estética es una maravilla porque no se limita a ser “pixel art bonito”, sino que es pixel art con actitud, con personalidad, con ese toque de “mira qué guapo estoy, admírame mientras te reviento a nostalgia”. Es tan colorido y tan lleno de detalles que te entra por los ojos como un caramelo visual que no sabías que necesitabas. Cada escenario parece un homenaje descarado a algo distinto: un nivel te recuerda a los cómics que leías tirado en el suelo, otro a los videojuegos retro que jugabas en casa de tu primo, otro a la cultura pop que te marcó de adolescente, y otro a esas series que veías sin entender del todo pero que te encantaban igual. Y todo mezclado con un ritmo que no te deja respirar, como si el juego estuviera constantemente diciendo “¡vamos, vamos, que aún queda más!”. Los personajes se mueven con una fluidez deliciosa, como si cada animación hubiera sido dibujada con cariño y un toque de mala leche. Y los enemigos… madre mía, los enemigos. Desde los matones random que parecen sacados de un callejón de dibujos animados hasta los ex malvados que podrían protagonizar su propio anime dramático, todos tienen una personalidad tan marcada que casi te da pena pegarles… casi.
La jugabilidad es puro vicio, pero vicio del bueno, del que te hace decir “una partida más y lo dejo” sabiendo perfectamente que es mentira. Es simple, sí, pero simple de esa forma que engancha como un demonio. Golpear, esquivar, agarrar, lanzar, repetir… pero nunca se siente repetitivo porque siempre hay un toque distinto, un enemigo nuevo, un movimiento que acabas de desbloquear o un combo que te sale tan perfecto que te dan ganas de levantarte del sofá y aplaudirte a ti mismo. El ritmo es tan bueno que a veces parece que estás bailando una coreografía de puñetazos, como si el juego te llevara de la mano y te dijera “confía en mí, que vas a quedar espectacular”. Y cuando empiezas a mejorar habilidades, desbloquear movimientos y pillar el truco a cada personaje, el juego se vuelve todavía más divertido. Hay momentos en los que te sientes un dios del combate, encadenando golpes como si fueras un experto en artes marciales pixeladas, y otros en los que te estampan contra el suelo y te quedas pensando “vale, me lo merecía, he ido de sobrado”. Pero incluso cuando fallas, te ríes, porque el juego tiene ese tono de “venga, levántate, que aún queda mucha paliza por repartir”.
La música es otro nivel porque no solo acompaña: te posee. Ese estilo chiptune‑rock entra directo al sistema nervioso como si alguien hubiera mezclado guitarras eléctricas con una Game Boy poseída por el espíritu del punk. Desde el primer segundo te mete en vena la energía del juego, como si te dijera “vamos, espabila, que aquí se viene a repartir”. Cada tema es una fiesta, una explosión de ritmo que te empuja hacia adelante mientras avanzas por calles llenas de graffitis, bares donde vuelan más sillas que palabras, estudios de cine donde todo es un caos maravilloso o cualquier otro sitio donde toque repartir leña. Es de esas bandas sonoras que podrías escuchar fuera del juego sin problema, porque te sube el ánimo aunque estés fregando los platos, sacando la basura o esperando a que el microondas termine. Y los efectos de sonido, exagerados y divertidos, hacen que cada golpe suene como si estuvieras dentro de un cómic animado: POW, WHAM, KRAK, todo con ese toque teatral que convierte cada pelea en un espectáculo.
La historia, aunque sencilla, tiene ese toque absurdo y encantador que define a Scott Pilgrim. No intenta ser profunda ni dramática, y precisamente por eso funciona tan bien. Derrotar a los ex malvados de Ramona es la excusa perfecta para recorrer niveles llenos de personalidad, enfrentarte a jefes tan ridículos como geniales y disfrutar de diálogos que parecen escritos por alguien que se lo está pasando demasiado bien. Es una trama que no se toma en serio ni un segundo, pero que aun así te engancha porque está llena de carisma, de humor, de situaciones que te sacan una sonrisa incluso cuando estás al borde del KO. Es como ver una serie de animación gamberra mientras tú mismo formas parte del capítulo.
En esta versión se nota que todo va suave, fluido, sin tirones, sin tiempos muertos, como si el juego hubiera pasado por un spa técnico. Los combates se sienten más limpios, más precisos, como si cada golpe tuviera un extra de contundencia. Las animaciones se ven más nítidas, más vivas, más “esto está mejor que nunca”. Y la experiencia general es más redonda, más pulida, como si el juego hubiera encontrado por fin su forma definitiva. No es que haya cambiado su esencia, porque sigue siendo el mismo caos adorable de siempre, pero ahora se siente más cómodo, más estable, más preparado para que te enganches durante horas sin darte cuenta.
Al final, Scott Pilgrim EX es una fiesta jugable. Un homenaje al beat ‘em up clásico, un regalo para los fans del cómic y una experiencia que mezcla humor, acción y estilo como pocos juegos pueden hacerlo. Es de esos títulos que no necesitan reinventar nada para ser memorables: solo necesitan ser ellos mismos, y aquí lo son al cien por cien. Si te gustan los juegos que te hacen reír, que te hacen aporrear botones con alegría y que te dejan con ganas de otra partida, este es tu sitio.
Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:





