Spica Adventure en PS5: el plataformas rosa que rebota, brilla y te roba el corazón a ritmo arcade

Spica Adventure en PlayStation 5 es como abrir una recreativa perdida en el tiempo, enchufarla a una toma de corriente moderna y descubrir que sigue viva, hiperactiva y con más ganas de fiesta que nunca. Es un plataformas que no camina: rebota, salta, gira, canta y te lanza colores a la cara como si quisiera despertarte de un sueño gris. Todo tiene ese aroma retro de los 90, pero con el brillo, la suavidad y la energía de una consola que puede mover galaxias si se lo pides. Aquí nada es serio, nada es lógico y todo es adorablemente caótico.

Nico, la protagonista, es una heroína que parece salida de un cuaderno de bocetos lleno de pegatinas, garabatos y purpurina. Tiene esa energía de personaje que nació porque alguien dibujó un doodle adorable en una libreta y dijo “¿y si le damos un parasol mágico y la dejamos suelta por el universo?”. No corre: flota como si el suelo fuera opcional. No salta: despega como si tuviera un motorcito secreto en los zapatos. No ataca: baila, gira, posa y remata con un parasol rosa que tiene más personalidad que muchos héroes musculosos de juegos modernos. Ese parasol es una herramienta mágica que sirve para absolutamente todo: planear como una hoja arrastrada por el viento, rebotar contra paredes como una pelota de goma con exceso de azúcar, desviar proyectiles como si estuvieras jugando al tenis con caramelos, recoger objetos con la elegancia de una bailarina intergaláctica y encadenar combos que parecen coreografías de un musical espacial. Dominarlo es como aprender a tocar un instrumento: al principio suena raro, luego te sientes un genio, y cuando te das cuenta estás haciendo virguerías que ni tú mismo entiendes.

Los enemigos parecen juguetes poseídos por espíritus hiperactivos que han tomado demasiado refresco. Robots con ojos saltones que se mueven como si hubieran bebido tres litros de gaseosa, caramelos asesinos que rebotan con entusiasmo homicida, engranajes vivientes que giran con precisión mecánica y mala leche, estrellas hiperactivas que te persiguen como si fueras su ídolo pop, muñecos de cuerda inquietantes que avanzan con un ritmo que da risa y miedo a la vez, y globos sonrientes que explotan en tu cara con un “pop” tan exagerado que te deja temblando. Cada uno tiene su propio ritmo, su propio patrón y su propia forma de arruinarte el día con una sonrisa adorable. Son enemigos que no odias: te caen bien incluso cuando te matan.

Los niveles son pequeños rompecabezas de velocidad y precisión, diseñados como si un arquitecto loco hubiera mezclado parques de atracciones, fábricas de caramelos, cajas de música y sueños febriles de un niño con fiebre. Hay plataformas que aparecen y desaparecen como si estuvieran jugando al escondite contigo, rutas alternativas que premian a los curiosos y castigan a los impacientes, trampas que surgen en el último segundo para recordarte que aquí nadie está a salvo, y secretos escondidos en lugares que solo descubres si te atreves a romper las reglas del escenario. Cada partida revela algo nuevo: un atajo que no viste, un enemigo escondido en una esquina absurda, un ítem que te cambia la estrategia, un salto que solo puedes hacer si te atreves a improvisar. Es un juego que te invita a rejugar, a mejorar, a intentar ser más rápido, más preciso, más elegante, más Nico.

Los power‑ups son cápsulas de caos concentrado, pequeñas bombas de energía que transforman la partida durante unos segundos gloriosos. Algunos te convierten en una cometa rosa imparable que atraviesa enemigos como si fueran confeti, otros te permiten flotar como si estuvieras en gravedad cero, otros aceleran el juego hasta niveles ridículos que te hacen sentir dentro de un anuncio de cereales, y otros te vuelven invencible durante unos segundos que se sienten como un festival de fuegos artificiales. Cada power‑up es una invitación al desastre, una excusa para improvisar, una oportunidad para reírte mientras intentas no morir de forma absurda. Son regalos que no sabes si te van a salvar o a meterte en más problemas, pero siempre te arrancan una sonrisa.

En PlayStation 5, Spica Adventure brilla como si hubiera sido pulido por un hada con contrato fijo, uno de esos seres mágicos que no descansan hasta que cada píxel refleja luz propia. Los colores vibran con una intensidad casi insolente, como si la pantalla estuviera compitiendo con un escaparate de juguetes luminosos. Las animaciones son tan suaves que parecen mantequilla digital derritiéndose en cámara lenta, y cada movimiento de Nico fluye con una elegancia que hace que incluso un simple salto parezca una coreografía pensada para un videoclip retro. Los tiempos de carga son tan rápidos que apenas te da tiempo a parpadear: pasas de un nivel a otro como si el juego te empujara por la espalda diciendo “vamos, vamos, no te duermas, que queda mucho por saltar”. El DualSense se convierte en un compañero de viaje hiperactivo, vibrando con cada salto, cada rebote, cada impacto, cada explosión de confeti, como si estuviera tan emocionado como tú por cada locura que ocurre en pantalla. A veces incluso parece que el mando celebra tus aciertos y se burla de tus errores, todo con pequeños temblores cómplices.

La música es un viaje directo a la época dorada de las recreativas, un chute de nostalgia comprimido en melodías pegadizas que se te quedan en la cabeza durante días sin pedir permiso. Cada nivel tiene su propio tema, siempre alegre, siempre energético, siempre perfecto para acompañar el caos adorable que se desarrolla en pantalla. Hay canciones que suenan como si un sintetizador hubiera cobrado vida, otras que parecen sacadas de un anuncio japonés de los 90, y otras que te hacen sentir como si estuvieras corriendo por un parque de atracciones construido dentro de un sueño. Es imposible no mover el pie mientras juegas, incluso cuando estás a punto de caer por un precipicio hecho de gominolas o cuando un enemigo sonriente está a punto de arruinarte la racha perfecta. La banda sonora no solo acompaña: empuja, anima, abraza y te mete de lleno en ese torbellino de color y energía que define a Spica Adventure.

Detrás de esta explosión de color y plataformas está TAITO, una compañía que lleva décadas demostrando que la diversión no necesita excusas ni realismo, solo imaginación desatada y un toque de locura adorable. Son los mismos genios que un día decidieron que dos dragones podían escupir burbujas y salvar el mundo, así que por supuesto también podían crear una heroína con un parasol mágico capaz de desafiar la gravedad, la lógica y cualquier manual de diseño moderno. TAITO no hace juegos: hace recuerdos, hace sonrisas, hace ese tipo de experiencias que huelen a recreativa, a monedas de cinco duros y a tardes interminables de “una partida más”.

Llevando esta joyita a PlayStation 5 está ININ Games, especialistas en rescatar clásicos, pulirlos con mimo y devolverlos al mundo como si fueran tesoros retro recién desenterrados de un cofre pirata pixelado. No se limitan a publicar: celebran. Presentan cada juego como una cápsula del tiempo llena de energía, brillo y nostalgia, lista para que una nueva generación descubra que antes de los mundos abiertos y los gráficos fotorrealistas ya existía la diversión pura, directa y sin filtros. Gracias a ellos, Spica Adventure no solo vuelve: vuelve más suave, más colorido, más vivo y más irresistible que nunca.

Spica Adventure en PS5 es una carta de amor al arcade, a la velocidad, a la creatividad y a la diversión pura. Es un juego que no quiere que pienses: quiere que sonrías. Quiere que saltes, que rebotes, que improvises, que falles, que rías, que vuelvas a intentarlo. Es retro sin ser viejo, moderno sin perder su alma, adorable sin ser cursi y caótico sin ser injusto. Es un recordatorio de que los videojuegos pueden ser pura alegría envuelta en colores imposibles.


Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:



Entradas populares de este blog

Analizamos Tank Brawl 2: Armor Fury

The Bearer & The Last Flame en PS5: un soulslike oscuro, precioso y cabrón… hecho por UNA sola persona

5 equipos de Pokémon Champions para empezar fuerte y que son muy fáciles de conseguir