🚄💥 Denshattack! — El arcade ferroviario que convierte cada vía en una locura y cada tren en un arma de destrucción masiva

Denshattack! en PlayStation 5 es como meter la cabeza en una máquina recreativa poseída por un tren bala japonés con complejo de superhéroe. Es un juego que no te pregunta si estás listo: te agarra por la pechera, te lanza a las vías y te dice “corre, dispara, esquiva, electrifícate, haz algo, pero no te quedes quieto”. Es un arcade moderno disfrazado de delirio ferroviario, un festival de luces, golpes, pitidos, chispazos y trenes que parecen haber tomado demasiada cafeína.

La premisa es tan absurda que funciona, pero cuando la inflas a lo bestia se convierte directamente en una obra maestra del delirio ferroviario. Eres un “densha-warrior”, que no es un maquinista normal ni un piloto cualquiera: es una especie de samurái del acero sobre raíles, un conductor de trenes de combate que viajan a velocidades que desafían la física, la lógica y probablemente varias leyes de seguridad laboral. Controlas trenes que no deberían existir, trenes que van tan rápido que el paisaje no se mueve: se disuelve. Y no estás solo en esta locura, porque las hordas de enemigos también van montadas en trenes, vagones, tranvías, monorraíles, funiculares, plataformas magnéticas, carritos de mantenimiento modificados y cualquier cosa que pueda moverse sobre una vía, aunque sea por accidente.

Todo está exagerado hasta niveles que rozan lo espiritual. Los raíles no son simples líneas rectas: se retuercen como serpientes metálicas con espasmos, se elevan, se cruzan, se parten, se multiplican, se doblan en ángulos que harían llorar a un ingeniero civil. Los vagones saltan como si tuvieran muelles de dibujos animados, se transforman en mitad del combate, se combinan entre sí como si fueran piezas de un mecha gigante, se separan para esquivar ataques, se electrifican hasta parecer rayos sobre raíles. Hay momentos en los que tu tren parece más un dragón mecánico que un vehículo.

Es como si alguien hubiera mezclado F-Zero por la velocidad, Jet Set Radio por la estética y la actitud, y un documental de trenes por… bueno, por los trenes, pero luego hubiera dejado el proyecto en manos de un director que lleva tres días sin dormir, alimentándose solo de café y vídeos de locomotoras antiguas. El resultado es un juego que no solo abraza su propia locura: la celebra, la amplifica, la convierte en identidad.

El control en PS5 es una maravilla caótica, pero cuando lo inflas hasta el límite se convierte en una experiencia sensorial que roza lo paranormal. El DualSense no vibra: respira, palpita, protesta, celebra. Notas cada cambio de vía como si el mando fuera un animal intentando avisarte de que estás a punto de hacer una locura. Cada frenazo es un latigazo eléctrico en las manos, cada acelerón es un rugido que sube por los gatillos adaptativos como si el tren estuviera diciendo “¡AGÁRRATE!”. Y cuando fuerzas demasiado la velocidad, los gatillos se endurecen, se resisten, te empujan hacia atrás como si el propio tren estuviera intentando salvarte de ti mismo. Hay momentos en los que literalmente sientes que el mando te está susurrando: “no deberías hacer esto, pero adelante, campeón, yo te cubro”.

La sensación de velocidad es tan absurda que parece ilegal. Hay tramos en los que el escenario deja de ser un escenario y se convierte en un túnel de luz pura, un estallido de colores que te hace sentir como si hubieras entrado en la velocidad absurda de Spaceballs. Otros tramos te llevan por raíles suspendidos sobre ciudades futuristas que brillan como circuitos electrónicos gigantes. Y luego están las estaciones abandonadas, esos lugares donde los altavoces siguen anunciando trenes que nunca llegarán, donde las luces parpadean como si el edificio estuviera recordando tiempos mejores. Pasar por ahí a 300 km/h es como atravesar un fantasma arquitectónico.

El combate es un espectáculo que no debería ser legal. Tu tren no solo corre: pelea. Dispara, embiste, derrapa, lanza ondas de choque que sacuden la pantalla, activa escudos que chisporrotean como tormentas eléctricas, se transforma en modos especiales que parecen sacados de un anime de mechas donde todo explota porque sí. Cada vagón es un arma distinta: uno dispara misiles que dejan estelas de fuego, otro genera electricidad que salta entre enemigos como una serpiente luminosa, otro lanza drones que vuelan alrededor del tren como abejas asesinas, otro se convierte en un ariete que destroza todo lo que toca.

Lo mejor es que puedes reorganizar los vagones en tiempo real. Vas a 250 km/h, esquivando un convoy enemigo, y decides que ahora tu vagón de drones debería ir delante y el de misiles detrás. Lo cambias, y de repente tu tren funciona de otra manera. Es como tener un Transformer modular que se reconfigura mientras atraviesa un túnel lleno de explosiones. Y luego está el modo “densha-furia”: tu tren se ilumina entero, los raíles tiemblan, la cámara vibra, y todo lo que tocas explota como si estuvieras bendecido por el dios de los trenes enfadados. Es glorioso, exagerado, ridículo y perfecto.

Los enemigos son un desfile de locura ferroviaria que parece diseñado por un comité de ingenieros borrachos. Hay trenes blindados que parecen tanques sobre raíles, con placas de metal que brillan como armaduras medievales. Hay convoyes ninja que se camuflan en túneles, apareciendo y desapareciendo como sombras mecánicas. Hay trenes fantasma que atraviesan paredes, dejando estelas de humo azul que te ponen los pelos de punta. Hay tranvías asesinos que giran en ángulos imposibles, como si las leyes de la geometría fueran opcionales. Y luego están los jefes, que son directamente obras de arte del caos.

Cada jefe es un espectáculo visual. Uno es un tren serpiente que se enrolla alrededor de las vías, moviéndose como un dragón metálico que intenta tragarte. Otro es un monorraíl gigante que dispara láseres desde su techo, convirtiendo la pantalla en un festival de líneas rojas que tienes que esquivar saltando entre raíles como un acróbata suicida. Y luego está el tren musical, un jefe que ataca al ritmo de una canción electrónica que sube de intensidad hasta que parece que va a romper la pantalla. Cada beat es un ataque, cada drop es una explosión, cada compás es una coreografía de luces que te obliga a bailar para sobrevivir.

Visualmente, el juego es un festival de color y movimiento, pero cuando lo inflas a saco se convierte en un desfile psicodélico sobre raíles, una rave ferroviaria donde cada escenario parece diseñado por un artista digital que se alimenta exclusivamente de bebidas energéticas y neones. Los escenarios no cambian: mutan, se transforman, te sorprenden. Pasas de ciudades futuristas donde los rascacielos brillan como circuitos gigantes, a desiertos eléctricos donde la arena parece cargada de estática y cada grano refleja la luz como si fuera un LED. Luego entras en estaciones abandonadas que parecen templos olvidados, llenas de grafitis, cables colgando, pantallas rotas que aún parpadean mensajes de hace décadas. Y de repente, sin transición lógica, estás en túneles psicodélicos donde las paredes se ondulan, los colores se mezclan y el tren parece estar viajando por dentro de un sintetizador.

Los raíles suspendidos sobre océanos de neón son otro nivel: líneas brillantes flotando sobre un mar luminoso que late como si tuviera pulso propio. Todo está lleno de detalles: anuncios luminosos que cambian según tu velocidad, pasajeros holográficos que aparecen y desaparecen como si fueran recuerdos digitales, chispas que saltan cuando derrapas, reflejos que se deforman con la velocidad, luces que parpadean al ritmo de la música como si el escenario entero estuviera bailando contigo. En PS5 se ve nítido, fluido, exagerado, como un anime hiperactivo convertido en videojuego. El modo rendimiento hace que todo vaya tan suave que parece que el tren va a salir de la pantalla, romper la pared de tu salón y seguir su camino por la calle.

La música es un subidón constante, un chute de energía que te mantiene en trance. Electrónica que te empuja hacia adelante, drum & bass que te acelera el pulso, chiptune que te recuerda que esto es un arcade disfrazado de superproducción, mezclas imposibles que acompañan cada tramo como si cada vía tuviera su propia banda sonora. Hay momentos en los que la música sube tanto que parece que el tren está sincronizado con el beat, como si cada acelerón fuera un drop y cada derrape un cambio de compás.

Los efectos de sonido son un festival por sí solos: chirridos de raíles que suenan como guitarras metálicas, explosiones que retumban con eco futurista, pitidos que parecen señales de alerta de una nave espacial, voces robóticas anunciando cosas que no entiendes pero que suenan urgentes, como si estuvieras a punto de perder un tren que no existe. Cada impacto, cada salto, cada cambio de vía tiene un sonido propio, y juntos crean un paisaje sonoro que te mete en un estado de trance ferroviario del que no quieres salir. Es ese tipo de juego en el que, cuando terminas una partida, sigues escuchando los pitidos en la cabeza como si tu cerebro hubiera quedado enganchado a las vías.

La progresión es un vicio, pero un vicio de esos que empiezan con “voy a probar un tren nuevo” y acaban con “llevo tres horas desbloqueando vagones como si estuviera montando mi propia flota imperial”. Desbloqueas nuevos trenes, nuevos vagones, nuevas habilidades, nuevos modos de ataque, nuevas locuras que no sabías que necesitabas hasta que las tienes. Cada tren tiene personalidad, y no una personalidad tímida: personalidad de anime, personalidad de “mírame, soy un tren que podría protagonizar mi propia serie”.

Hay trenes velocistas que parecen deportivos futuristas, afilados, brillantes, hechos para romper el sonido y tu estabilidad emocional. Son los que derrapan como si estuvieran bailando breakdance sobre raíles. Luego están los tanques, locomotoras brutales que avanzan como si el mundo tuviera que apartarse de su camino. No corren: avanzan. No esquivan: atraviesan. No preguntan: impactan.

Mención aparte están los híbridos, esos trenes que cambian de forma según la situación, como si fueran mechas con complejo de Transformer. Un segundo son velocistas, al siguiente son arietes, al siguiente están lanzando drones desde el techo como si fueran una colmena mecánica. Hay trenes que parecen locomotoras demoníacas, con cuernos de neón y humo rojo saliendo de las juntas. Otros que son literalmente serpientes mecánicas, articuladas, ondulantes, capaces de rodear enemigos como si estuvieran cazando. Cada uno cambia por completo la forma de jugar, y probarlos todos es parte del encanto, del ritual, del viaje. Es como coleccionar cromos, pero cada cromo puede destruir media estación.

Lo mejor es que Denshattack! nunca se toma en serio. Nunca. Ni un segundo. Es un juego que sabe perfectamente que estás pilotando un tren que dispara misiles mientras derrapas sobre raíles que flotan en el aire, y en vez de disimularlo, lo celebra como si fuera el mejor invento de la humanidad. Cada nivel es más exagerado que el anterior, cada jefe más absurdo, cada habilidad más innecesariamente espectacular. Es un juego que te mira a los ojos y te dice: “¿Quieres un tren que lance rayos mientras hace un looping? Pues claro que sí, toma dos”.

Es un arcade moderno con alma de recreativa, un delirio ferroviario que solo podría existir en una consola como PS5, donde la velocidad, la vibración y el espectáculo se combinan para crear algo que no se parece a nada. Es puro caos, pura diversión, pura energía sobre raíles. Y cuando terminas una partida, solo piensas en una cosa: “otra más”.


Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento: