Afterplace en Switch: la aventura retro que te suelta sin mapa, sin pistas y con un mundo tan raro que te ríes mientras te pierdes
Afterplace en Nintendo Switch es ese juego que empieza con un “venga, explora un poquito” y termina contigo completamente desorientado, metido en un bosque que parece tener más personalidad que muchos NPC de otros juegos, hablando con un tipo sospechoso que no sabes si te va a dar una pista, un acertijo, una broma rara… o directamente un susto emocional. Es un RPG retro de mundo abierto que no te trata como a un bebé: aquí no hay flechitas, no hay marcadores, no hay tutoriales interminables, no hay un hada gritándote “¡escucha!”. Te sueltan en un mundo enorme, extraño, lleno de secretos escondidos en los sitios más absurdos, y básicamente te dicen: “búscate la vida, campeón”. Y lo mejor es que funciona. Funciona tan bien que acabas metido hasta el cuello en caminos ocultos, criaturas que parecen diseñadas por alguien con mucha imaginación y poco sueño, y conversaciones que puedes abandonar a mitad porque sí, porque te apetece, porque Afterplace te deja ser un desastre con estilo y aun así avanzar.
Ese primer impacto visual y jugable te deja claro que el juego tiene ese encanto de aventura clásica, pero sin sentirse viejo ni polvoriento. Es como si alguien hubiera cogido un Zelda de los 90, lo hubiera metido en una batidora junto a humor absurdo, exploración libre, diálogos que parecen escritos por un poeta en plena fiebre y un toque constante de “¿qué demonios acabo de encontrar?”, y lo hubiera servido calentito en tu Switch. El mundo es enorme, pero no enorme de “mapa gigante vacío donde solo hay hierba”, sino enorme de “cada esquina tiene algo, cada camino lleva a un sitio, cada conversación puede abrirte una puerta secreta o tirarte por un agujero que no sabías que existía”. Y sí, puedes literalmente caerte del mundo. A propósito. O sin querer. Y a veces eso te lleva a sitios mejores. O peores. O a un sitio donde un personaje te dice algo que no entiendes pero que te hace reír. Pero siempre, siempre, a algo interesante.
Es un mundo que se siente vivo, no porque tenga gráficos hiperrealistas, sino porque está diseñado con esa lógica rara de los sueños: nada es obvio, nada es lineal, nada está ahí solo por estar. Caminas un poco y encuentras un claro misterioso. Caminas otro poco y descubres una cueva que parece pequeña y resulta ser un laberinto. Te alejas del camino principal y de repente estás hablando con un personaje que te suelta una frase que parece una broma interna del propio juego. Y tú sigues, porque Afterplace tiene esa magia de hacerte sentir que cada paso puede ser el bueno, el que te lleva a un secreto, a un atajo, a una historia nueva o a un enemigo que te mira como si supiera algo que tú no.
La gracia es que no te dice nada. Nada de nada. Ni un triste tutorial, ni un mensajito amable, ni un “oye, igual deberías ir por aquí”. Te suelta en medio del mundo como quien deja a un gato en un jardín enorme y espera que se apañe. Y tú avanzas, observas, pruebas, te pierdes, vuelves, te vuelves a perder, te metes en sitios donde claramente no deberías estar, luchas contra bichos raros que parecen diseñados por alguien con fiebre, encuentras tesoros que no sabes si son útiles o simples chistes del desarrollador, y hablas con personajes que parecen sacados de un sueño febril mezclado con un cuento infantil mal contado. Y lo mejor es que, poco a poco, sin que te des cuenta, empiezas a entender cómo funciona todo. Empiezas a ver patrones, a reconocer caminos, a intuir qué zonas son seguras y cuáles te llevan a una muerte tonta y humillante. Es un juego que confía en ti, que te deja equivocarte, que te deja experimentar, que te deja romper cosas sin castigarte. Y eso, en un mundo lleno de juegos que te llevan de la mano como si fueras un turista despistado, se siente como un soplo de aire fresco… o como un empujón al vacío, según el día.
El combate es sencillo pero muy divertido, con ese toque de “hack and slash” ligero que no te exige un máster en combos pero sí te mantiene despierto. No es un juego centrado en pelear, pero cuando toca, toca, y más te vale estar atento porque los enemigos no avisan. Entre monstruos raros, criaturas que parecen salidas de un libro de mitología inventada a las tres de la mañana y enemigos que te pillan por sorpresa cuando estabas tranquilamente mirando un arbusto, siempre hay algo que te mantiene alerta. Pero lo mejor no es luchar: lo mejor es explorar. Encontrar un camino escondido entre árboles que parece no llevar a nada y de repente te abre un mundo nuevo. Descubrir una cueva que no debería estar ahí y que resulta ser un laberinto que te absorbe media tarde. Meterte en un pasillo que parece pequeño y acaba siendo un infierno lleno de secretos. Y sí, romper la realidad un poquito. O mucho. El juego te anima a hacerlo, te premia por ser curioso, por ser cabezota, por intentar cosas que en otros juegos serían imposibles. Aquí, si algo parece una locura, probablemente funcione.
La ambientación es una mezcla deliciosa de nostalgia y misterio. Los bosques son densos, casi acogedores, pero con ese punto de “algo raro pasa aquí” que te hace caminar despacio. Los pueblos tienen un encanto extraño, como si todos sus habitantes supieran algo que tú no. Cada zona nueva te hace sentir que estás entrando en un sitio donde no deberías estar… pero quieres estar. El estilo retro no es un truco barato: está hecho con cariño, con detalle, con personalidad. Es bonito sin ser empalagoso, simple sin ser pobre, lleno de pequeños efectos que le dan vida al mundo. Las animaciones son suaves, los colores están elegidos con mimo, y cada escenario tiene ese toque de “aventura clásica” que te hace sonreír mientras te pierdes por enésima vez. Y la música acompaña como un guante: suave cuando exploras, inquietante cuando toca, misteriosa cuando el juego quiere que sospeches, y siempre con ese aire de aventura que te empuja a seguir caminando aunque no tengas ni idea de a dónde vas.
El sonido, por cierto, es de esos que no te das cuenta de lo bien que está hecho hasta que paras un segundo. Los pasos, los golpes, los ruiditos de criaturas, los efectos cuando descubres algo… todo tiene ese toque artesanal que hace que el mundo se sienta vivo. No es un juego que necesite una orquesta épica: su magia está en los detalles.
Y lo más loco de todo es que Afterplace está hecho por una sola persona: Evan Kice, un desarrollador que se ha marcado un mundo abierto entero él solito, con sistemas, secretos, personajes, humor y una libertad que ya quisieran muchos estudios grandes. Es de esos proyectos que notas que están hechos con amor, con paciencia y con una visión muy clara de lo que quiere ser.
La versión de Switch llega gracias a indie.io como distribuidora en la eShop, manteniendo intacto ese espíritu de “aventura sin instrucciones” que lo hizo destacar en PC. Y la consola le sienta de maravilla: portátil para perderte en el sofá, sobremesa para explorar a lo grande, y controles que se sienten naturales desde el minuto uno.
Afterplace en Nintendo Switch es una aventura rara, divertida, libre, misteriosa y sorprendentemente profunda. Es un juego que te invita a perderte, a equivocarte, a explorar sin miedo y a descubrir un mundo que no te lo pone fácil, pero sí te recompensa por cada paso. Es retro sin ser viejo, moderno sin ser pesado, y perfecto para quienes disfrutan de perderse… y encontrarse en el proceso.
Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:




