Death By Scrolling — El juego que te mata, se ríe de ti y aun así te tiene enganchado

Death By Scrolling es básicamente lo que pasaría si un móvil poseído, un arcade de los 90 y un demonio hiperactivo se juntaran para diseñar un videojuego mientras bebían bebidas energéticas prohibidas en siete países. Entras pensando que vas a jugar “un ratito” y sales con los pulgares temblando, la vista llena de destellos y la sensación de que el juego te ha gritado, insultado, abrazado y felicitado todo al mismo tiempo.

La premisa es tan simple que duele, pero duele como cuando te ríes tanto que te quedas sin aire: sobrevives desplazándote hacia abajo mientras el juego intenta matarte con absolutamente todo lo que encuentra, como si hubiera hecho limpieza de assets y hubiera decidido tirártelos todos encima. Obstáculos que aparecen con la sutileza de un ladrillo cayendo del quinto piso, trampas que parecen diseñadas por un ingeniero con traumas infantiles, enemigos que brotan como si hubieran olido tu miedo, colores que parecen ataques de epilepsia con mala leche, mensajes que te vacilan como si fueran tus colegas en una noche de fiesta, sonidos que te juzgan con la misma intensidad que un profesor de matemáticas en un examen sorpresa… todo está diseñado para que falles, pero de una forma tan exagerada, tan descarada y tan autoconsciente que no puedes enfadarte. Es como si el propio juego te dijera: “Sí, te acabo de matar por la décima vez, pero admítelo, te lo has pasado bien. Y vas a volver. Porque no tienes remedio”. Y tú vuelves, claro que vuelves, porque el juego te trata mal pero te hace reír, como un payaso asesino con carisma.

La versión de PS5 es una fiesta visual, pero no una fiesta normal: una fiesta donde todos los invitados son luces estroboscópicas, explosiones de color y efectos que parecen haber escapado de un videoclip de los 2000. El mando vibra como si estuviera poseído por un espíritu del parkour que ha tomado demasiada cafeína, los colores te golpean en la cara como si hubieras abierto una caja de fuegos artificiales dentro del salón, y la fluidez es tan absurda que parece que la consola está intentando demostrarte que todavía tiene potencia de sobra para humillarte. Cada partida es un festival de caos controlado donde tú eres lo único que no está bajo control, un torbellino de estímulos que te hace sentir como si estuvieras pilotando un cohete sin licencia. Y aun así, todo funciona con una precisión quirúrgica que te deja pensando: “¿Cómo demonios puede ser tan caótico y tan exacto al mismo tiempo?”.

El humor es otro nivel, un nivel que no debería existir pero existe porque este juego no respeta las normas de la realidad. No solo se ríe de ti: se ríe contigo, de sí mismo, del concepto de videojuego, de la industria, de la física, de la lógica y probablemente de la humanidad en general. Cada muerte es un chiste, cada error una burla, cada avance un “¿seguro que quieres seguir?” dicho con una sonrisa maliciosa. Y tú sigues, porque el ritmo es tan adictivo que tu cerebro entra en modo “una más y lo dejo”, sabiendo perfectamente que es mentira, que no vas a dejar nada, que estás atrapado en un bucle de diversión masoquista del que no quieres escapar. El juego te insulta, te anima, te provoca, te abraza y te empuja por un barranco, todo en menos de diez segundos.

La música es un ataque directo al sistema nervioso, pero en el buen sentido, como si un DJ robot hubiera decidido mezclar ansiedad con felicidad y ponerlo a 180 BPM. Electrónica frenética, ritmos que parecen latidos de un robot nervioso, efectos sonoros que te hacen sentir dentro de una rave pixelada donde todos bailan mientras tú intentas no morir aplastado por un bloque gigante con mala actitud. Cada beat es una amenaza, cada subida una advertencia, cada bajada un “prepárate que viene curva”. Y aun así, te encuentras moviendo la cabeza, como si tu cuerpo hubiera decidido que si vas a morir cien veces, al menos que sea con estilo.

Y lo mejor es que, aunque todo parezca un caos absoluto, hay una precisión quirúrgica detrás, una especie de coreografía secreta donde cada elemento del escenario conspira para matarte… pero con estilo. Cada salto, cada esquiva, cada microsegundo cuenta como si estuvieras desactivando una bomba mientras alguien te grita chistes malos al oído. Es un juego que te entrena sin que te des cuenta, que te convierte en una máquina de reflejos, un ninja del pulgar, un atleta olímpico del stick analógico, mientras tú solo querías pasar un buen rato sin que tu cerebro entrara en modo “modo supervivencia nivel dios”.

Cuando por fin superas una sección que parecía diseñada por un psicópata con talento —uno de esos psicópatas creativos, de los que hacen puzles imposibles y se ríen mientras tú sudas— te sientes como si hubieras escalado una montaña usando solo los pulgares, sin cuerda, sin oxígeno y con un grupo de ardillas hiperactivas tirándote piedras desde arriba. Es una victoria absurda, exagerada, gloriosa, de esas que te hacen levantarte del sofá como si hubieras ganado un campeonato mundial que nadie más sabía que estabas jugando.

Lo más loco es que el juego consigue que quieras más. Te castiga, te humilla, te lanza obstáculos imposibles, te hace dudar de tu coordinación motora… y aun así te engancha. Porque cada vez que superas un tramo imposible, sientes una descarga de satisfacción tan intensa que podrías alimentar una central eléctrica. Es como si el juego te dijera: “¿Ves? Sabía que podías. Ahora vuelve a morir, campeón”.

Al final, te das cuenta de que no estás jugando a un simple arcade: estás participando en un entrenamiento militar para pulgares, en una prueba de resistencia mental, en un ritual de iniciación donde el premio es la gloria y el castigo es… bueno, volver a empezar desde arriba mientras te ríes de tu propia desgracia.

Terrible Toybox es el estudio fundado por Ron Gilbert, conocido por Monkey Island, Thimbleweed Park y otros clásicos que mezclan humor, caos y diseño brillante. Aquí repiten la jugada: un juego pequeño en tamaño, pero enorme en personalidad, ritmo y mala leche juguetona. Su sello se nota en cada chiste, cada enemigo absurdo y cada situación que parece diseñada para hacerte reír justo antes de matarte.

MicroProse, por su parte, es la encargada de llevar el juego a PlayStation 5. Una distribuidora histórica, veterana y con un catálogo que mezcla nostalgia, estrategia y rarezas deliciosas. Que ellos apuesten por Death By Scrolling encaja perfectamente: es el tipo de juego que no solo se juega, sino que se recuerda. Y MicroProse sabe reconocer un buen caos cuando lo ve.

En resumen, Death By Scrolling no es un juego: es una experiencia sensorial, un ataque de risa, un desafío constante y un recordatorio de que a veces lo más divertido es perder de la forma más espectacular posible. Si te gustan los juegos que te gritan, te empujan, te provocan y aun así te hacen volver con una sonrisa idiota en la cara, este es tu nuevo vicio.


Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:



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