Dark Quest: Remastered: mazmorras, dados cabrones y risas aseguradas.

Dark Quest: Remastered en PlayStation 5 es como coger un juego de mesa clásico, meterlo en una coctelera con nostalgia, un chorrito de mala leche, un toque de humor negro y un puñado de dados malditos… agitarlo con fuerza y servirlo en una copa con borde de pixel art. Es un dungeon crawler por turnos que no se complica la vida, pero tampoco te la pone fácil: aquí vienes a sufrir, a reírte de tus propias desgracias y a maldecir cada tirada que te sale rana como si el juego tuviera un pacto secreto con el destino para fastidiarte.

La historia va directa al grano, sin florituras ni prólogos eternos: un hechicero malvado ha convertido el reino en un parque temático del caos, y tú lideras a un grupo de aventureros que, sinceramente, debían de estar aburridísimos ese día. No esperes una narrativa profunda ni giros de guion que te hagan replantearte la vida; esto es más “vamos a patearle el trasero al mago y ya veremos qué pasa después”. Funciona porque no pretende ser Shakespeare: es la excusa perfecta para lanzarte a mazmorras llenas de trampas, monstruos y decisiones que parecen brillantes hasta que te matan de la forma más ridícula posible.

El tipo de juego es un homenaje descarado a HeroQuest y compañía. Combinas exploración por casillas, combate táctico por turnos y un sistema de progresión sencillo pero adictivo. Pero lo mejor es la sensación constante de estar jugando un juego de mesa de los de toda la vida, como si tuvieras el tablero desplegado en la mesa del salón, las minis colocadas con mimo y un colega haciendo de “máster” con esa sonrisa de villano de serie B que significa “te vas a comer una trampa, campeón”. Cada casilla que avanzas se siente como mover una figurita pintada a mano; cada tirada virtual es ese momento de tensión en el que todos miran el dado caer; cada puerta que abres es el clásico “¿seguro que quieres entrar ahí?” que te suelta el amigo que ya sabe lo que hay detrás. Los cofres son pura ruleta rusa: gloria absoluta o un mecanismo infernal que te deja tieso. Y la jugabilidad es muy de “un turno más y me voy”, pero cuando te quieres dar cuenta llevas dos horas intentando que tu bárbaro no muera por tercera vez en la misma habitación, riéndote porque es exactamente la misma experiencia que cuando jugabas con tus colegas y nadie recordaba bien las reglas pero todos querían sobrevivir.

Los personajes son un desfile de arquetipos clásicos: el bárbaro que pega como un camión, el mago que parece útil hasta que se queda sin hechizos, el arquero que siempre acierta cuando no hace falta y falla cuando te estás jugando la vida… y así sucesivamente. Pero lo gracioso es que, aunque sean clichés con patas, tienen ese encanto de figuritas de juego de mesa que colocas en el tablero con cariño, sabiendo que en cualquier momento van a morir de la forma más absurda posible. No tienen traumas, ni pasados oscuros, ni monólogos internos; transmiten personalidad con cuatro animaciones y dos gruñidos. Cada uno aporta habilidades que te obligan a pensar cómo combinarlos para no acabar convertido en decoración de mazmorra, y esa mezcla de roles te hace sentir como si estuvieras montando tu propio equipo de héroes de plástico listos para una tarde de aventuras, risas y desgracias.

El mundo es un festival de pasillos oscuros, salas llenas de esqueletos con mala leche y rincones donde sabes que hay una trampa aunque no la veas. Es ese tipo de mazmorra que huele a humedad, a peligro y a decisiones cuestionables. No es un mundo abierto ni falta que le hace: es una sucesión de desafíos que te empujan a improvisar, adaptarte y, de vez en cuando, llorar un poquito por dentro. Cada sala parece diseñada por un director de juego con ganas de verte sufrir, y esa sensación de “sé que aquí hay algo, pero voy a entrar igual” es parte del encanto. Es como avanzar por un tablero donde cada casilla es una apuesta entre la gloria y el desastre.

Los enemigos son la fauna típica de un dungeon crawler: goblins que te atacan en grupo como si cobraran comisión, esqueletos que parecen salidos de una fiesta medieval muy turbia, orcos que reparten hostias como panes y criaturas mágicas que te hacen replantearte tus decisiones vitales. No inventan nada nuevo, pero están colocados con mala intención, que es lo que realmente importa. Cada combate se siente como cuando tu colega, haciendo de máster, te dice con una sonrisa sospechosa: “Tira iniciativa”. Y tú ya sabes que algo va a salir mal. Son enemigos simples, sí, pero cumplen su función: hacerte sudar, maldecir y celebrar cada victoria como si hubieras ganado una campaña épica.

Las armas y el equipo siguen la misma filosofía: simples, directos y con ese toque de “esto me va a salvar la vida… o me va a hundir más”. Espadas, arcos, varitas, armaduras que parecen hechas con restos de chatarra gloriosa… todo muy clásico, muy funcional y con mejoras que te hacen sentir que tu grupo evoluciona sin convertirse en un circo de estadísticas. Cada objeto nuevo es como robar una carta del mazo de tesoros: puede ser justo lo que necesitabas o algo que no usarías ni para calzar una mesa. Pero esa incertidumbre es parte del encanto, y cada mejora, por pequeña que sea, te da la sensación de que tus héroes están un paso más cerca de sobrevivir… o al menos de morir con estilo.

Gráficamente, el juego apuesta por un pixel art modernizado que entra por los ojos. No es un portento técnico, pero tiene encanto, personalidad y un estilo que mezcla lo retro con lo actual sin parecer un collage extraño. En PlayStation 5 se ve nítido, fluido y con tiempos de carga que duran menos que un goblin en tu línea de visión.

El sonido acompaña con música de fantasía oscura, efectos contundentes y ese ambiente de mazmorra húmeda donde sabes que algo te observa. No es una banda sonora que vayas a poner en Spotify, pero cumple, ambienta y te mete en situación sin pedir permiso.

La desarrolladora, Brain Seal Ltd., es un estudio pequeño pero con muchísimo amor por los juegos de mesa clásicos y los dungeon crawlers de la vieja escuela. Se nota que han hecho el juego con cariño, con ese espíritu de “vamos a divertirnos” que se contagia. La distribuidora, que suele ser la propia Brain Seal, mueve el título por las plataformas digitales sin grandes campañas, confiando en que el boca a boca haga su magia entre los fans del género.

En conjunto, Dark Quest: Remastered es ese colega que te invita a una partida de rol improvisada, te promete que será fácil, y al final acabas atrapado en una mazmorra, riéndote, sufriendo y queriendo volver a intentarlo. Un juego humilde, divertido y perfecto para quienes disfrutan de los dados, las trampas y los héroes que sobreviven por pura suerte.


Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:



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