The Prisoning: Fletcher’s Quest en Nintendo Switch: la aventura más absurda, caótica y divertida que jamás debería funcionar… pero funciona de maravilla
The Prisoning: Fletcher’s Quest en Nintendo Switch es exactamente ese tipo de juego que empiezas pensando “bah, esto será una tontería simpática para pasar el rato” y a los veinte minutos ya estás metido hasta las cejas en un caos maravilloso, preguntándote cómo demonios has acabado persiguiendo llaves imposibles, esquivando trampas que parecen diseñadas por un payaso psicópata y hablando con NPCs que claramente no han dormido desde 1998. Pero no dormido rollo “me he quedado viendo series hasta tarde”, no: dormido rollo “llevo 25 años atrapado en un bucle temporal y ya no sé si existo”. Es un juego que no se toma en serio ni un segundo, pero que al mismo tiempo te engancha como si te hubiera puesto una cuerda al tobillo y te arrastrara por un túnel lleno de chistes malos, puzles absurdos y situaciones que solo pueden describirse como “¿qué acabo de vivir?”. Y lo peor —o lo mejor— es que cuando intentas parar, el juego te mira con esa sonrisa rara de “¿seguro que quieres dejarlo? Porque tengo otra sala preparada que te va a encantar… o traumatizar”.
La premisa es sencilla, pero sencilla de esa forma que te hace sospechar: Fletcher, un tipo con más mala suerte que talento, se ve atrapado en una prisión que no es una prisión normal, sino una especie de escape room gigante diseñado por alguien con demasiado tiempo libre, cero empatía y probablemente un doctorado en caos. Cada sala es un chiste, cada pasillo es una trampa, cada personaje que te encuentras parece estar en su propio spin-off mental. Hay guardias que hablan como si estuvieran en una sitcom, criaturas que no sabes si quieren matarte o pedirte un abrazo, y mecanismos que parecen creados por un ingeniero que aprobó la carrera copiando. Y tú, pobre alma inocente, tienes que avanzar como puedas, resolviendo puzles que a veces son brillantes, a veces son ridículos y a veces parecen escritos por un guionista que se quedó sin café a mitad de frase y decidió improvisar con lo primero que encontró en su escritorio: un clip, una servilleta y un trauma de la infancia.
Es un juego que te lanza de una situación absurda a otra aún más absurda sin darte tiempo a respirar. Un minuto estás empujando cajas como si fueras un becario en mudanza, al siguiente estás huyendo de una trampa que parece sacada de un programa de televisión japonés, y al siguiente estás hablando con un NPC que te da una pista tan vaga que te dan ganas de preguntarle si está bien, si necesita ayuda, si quiere un abrazo o un diccionario. Pero ahí está la magia: todo es tan caótico, tan inesperado, tan descaradamente absurdo, que no puedes evitar seguir adelante solo para ver qué locura viene después.
La Switch le sienta de lujo, pero de lujo del bueno, como ese pantalón que te queda perfecto sin haberlo probado antes. Es uno de esos juegos que puedes jugar tirado en el sofá, en el bus, en la cama, en el baño (no juzgo), o mientras esperas a que el microondas termine de calentar las sobras que ya huelen a derrota. Visualmente es un festival de colores, expresiones exageradas y escenarios que parecen sacados de un cómic que se cayó en una batidora y aun así salió mejorado. Nada es realista, nada pretende serlo, y ahí está la magia: todo está diseñado para que te rías, para que te sorprendas, para que digas “¿pero qué…?” al menos tres veces por nivel. Y lo mejor es que funciona. El estilo artístico es tan descarado, tan consciente de sí mismo, tan “sí, soy ridículo, ¿y qué?”, que te acaba ganando como un chiste malo contado con mucha gracia. Cada animación, cada gesto, cada explosión absurda parece decirte: “relájate, disfruta, y no preguntes demasiado”.
La jugabilidad es un cóctel explosivo de plataformas, exploración, puzles, minijuegos improvisados y momentos de “corre o mueres” que aparecen cuando menos te lo esperas, normalmente justo cuando estabas pensando “bueno, aquí no puede pasar nada malo”. Fletcher salta, esquiva, empuja, trepa, se cae, se levanta, tira de palancas que claramente no cumplen ninguna normativa de seguridad, activa mecanismos que parecen diseñados por un ingeniero con sentido del humor cuestionable y se mete en líos que solo él podría provocar. Los controles en Switch son suaves, rápidos y muy cómodos, perfectos para un juego que te pide reflejos pero también paciencia, porque aquí hay de todo: plataformas precisas, persecuciones absurdas, puzles que te hacen sentir Einstein y otros que te hacen sentir un ficus. Hay momentos en los que te sientes un genio resolviendo un acertijo complicado, y otros en los que te sientes un mueble porque la solución era tan obvia que te quieres esconder debajo de la cama y no salir hasta que el juego te perdone. Y aun así, sigues. Porque cada nivel es una sorpresa, cada mecánica nueva es un chiste visual, y cada error tuyo es una oportunidad para que el juego se ría contigo… o de ti.
Los enemigos son una colección maravillosa de criaturas y personajes que parecen haber salido de un casting para villanos de dibujos animados donde el requisito principal era “tener carisma y cero dignidad”. Hay guardias torpes que tropiezan más que tú, monstruos que dan más risa que miedo, trampas vivientes que te persiguen como si tuvieran personalidad propia y jefes finales que son tan absurdos que no sabes si luchar, pedirles un autógrafo o preguntarles quién les diseñó. Cada uno tiene su truco, su forma de fastidiarte, su manera de convertir un nivel sencillo en un festival de gritos internos. Pero nunca se sienten injustos: son parte del humor, parte del caos, parte del encanto. Son enemigos que no quieren destruirte… quieren entretenerse contigo.
El sonido es otro punto fuerte, pero fuerte de verdad, de esos que te hacen pensar que el diseñador de audio se lo pasó tan bien como tú jugando. La música es pegadiza, divertida, con ese toque de “aventura absurda” que te acompaña sin cansar, como un colega que te sigue contando chistes pero sabe cuándo callarse para que respires. Cada melodía parece salida de una mezcla entre un circo descontrolado y una serie de dibujos animados de los 2000, con instrumentos que entran y salen como si también estuvieran improvisando. Los efectos sonoros son exagerados, caricaturescos, perfectos para el tono del juego: explosiones que suenan como si alguien hubiera pisado un globo gigante, pasos que parecen hechos con cajas de cartón, golpes que tienen más boing que impacto real. Y las voces —cuando aparecen— son tan teatrales que parece que todos los personajes están actuando en una obra escolar donde nadie sabe su texto pero todos improvisan con entusiasmo, energía y cero vergüenza. Es imposible no sonreír cuando un NPC te suelta una frase que suena más a parodia que a diálogo real, y aun así encaja perfectamente en el caos general.
El mundo de The Prisoning: Fletcher’s Quest es un parque de atracciones del absurdo, pero uno de esos parques donde cada atracción parece diseñada por un departamento distinto que no habló con los demás. Cada zona tiene su propia personalidad: salas futuristas que parecen diseñadas por un robot borracho que mezcló cables con confeti; mazmorras medievales donde nada encaja, donde las antorchas flotan, las puertas chirrían como si tuvieran vida propia y los esqueletos parecen estar de baja laboral; laboratorios que desafían la lógica, con máquinas que hacen ruidos sospechosos y pantallas que muestran gráficos que no significan absolutamente nada; pasillos que se doblan como si estuvieran vivos, como si el propio edificio estuviera intentando trolearte. Es un viaje constante entre lo ridículo y lo brillante, entre lo inesperado y lo completamente absurdo. Y lo mejor es que nunca sabes qué viene después. Cada puerta es una sorpresa, cada nivel es un chiste nuevo, cada situación es una oportunidad para reírte, desesperarte, gritarle a la pantalla o todo a la vez. Es un mundo que no quiere que lo entiendas: quiere que lo disfrutes.
En Switch, todo esto funciona como un reloj, pero un reloj divertido, de esos que hacen clic clic de forma exagerada. El rendimiento es estable, los tiempos de carga son rápidos y la portabilidad hace que el juego sea aún más disfrutable. Es perfecto para sesiones cortas, largas o para esos momentos en los que solo quieres desconectar del mundo y meterte en otro que no tiene ni pies ni cabeza, pero que te hace feliz igualmente. Puedes jugar cinco minutos o dos horas, y siempre te vas a encontrar algo que te saque una carcajada o un “¿pero qué demonios acabo de ver?”. La consola lo mueve sin problemas, los controles responden como deben y la pantalla portátil hace que los colores chillones y las animaciones exageradas brillen todavía más. Es un juego que se siente hecho para Switch, como si hubiera nacido para ser jugado en cualquier parte, en cualquier momento, en cualquier estado mental.
The Prisoning: Fletcher’s Quest es, en esencia, una carta de amor al humor absurdo, a los videojuegos que no tienen miedo de ser raros, a las aventuras que no buscan épica sino diversión pura. Y lo más bonito es que detrás de todo este festival de tonterías bien hechas hay una compañía desarrolladora que claramente se lo ha pasado pipa creando cada nivel, cada personaje, cada trampa imposible. Se nota que el estudio —pequeño, independiente y con más imaginación que presupuesto— ha apostado por un estilo propio, por un tono descarado, por un juego que no intenta competir con nadie porque ya sabe que juega en su propia liga: la liga de “haz reír al jugador y ya ganaste”.
Y luego está la distribuidora "Acclaim", que ha tenido la brillante idea de llevar esta locura a Nintendo Switch, una plataforma que le queda como anillo al dedo. No solo han apostado por un título que podría haber pasado desapercibido, sino que lo han puesto en un escaparate donde brilla más que nunca. Han entendido perfectamente que este tipo de juegos funcionan mejor cuando puedes llevártelos a cualquier parte, cuando puedes jugar cinco minutos o cincuenta, cuando puedes reírte en el sofá o en la parada del bus. La distribución en Switch no es solo un acierto: es casi un acto de justicia divina.
Porque The Prisoning: Fletcher’s Quest no es un juego que se disfrute en silencio, sentado y serio. Es un juego que pide movimiento, que pide portabilidad, que pide que lo juegues en esos ratos muertos donde necesitas una dosis rápida de caos feliz. Y la Switch lo hace posible. La consola lo mueve con soltura, lo viste con colores vibrantes, lo convierte en un compañero perfecto para desconectar del mundo real y entrar en uno donde nada tiene sentido… pero todo es divertido.
Al final, lo que queda es una sensación muy clara: este juego no pretende cambiar la industria, ni revolucionar géneros, ni competir con los grandes. Pretende hacerte reír, sorprenderte, sacarte de la rutina y recordarte que los videojuegos también pueden ser puro entretenimiento sin complicaciones. Y lo consigue. Vaya si lo consigue.
Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:







