Neva: Prologue — Un DLC mágico que te llena el corazón y te deja sonriendo todo el día

Neva: Prologue en PS5 es ese DLC que te compras pensando “bah, será una tontería de diez minutos, algo para pasar el rato”, y luego te ves ahí, con los ojos brillando, la sonrisa tonta y abrazando el mando como si fuera un peluche terapéutico. Es literalmente un regalito emocional envuelto en acuarelas, como si Nomada Studio hubiera dicho: “¿quieres más Neva? Pues toma, pero te lo damos con cariño, con arte y con un lobito que te derrite el alma como mantequilla al sol”. Y vaya si lo consiguen.

La historia arranca y no te da tiempo ni a acomodarte en el sofá. No hay calentamiento, no hay introducción larga, no hay nada. Es un ¡pum! directo al corazón. De repente estás ahí, con Alba, rodeado de mariposas blancas que parecen sacadas de un sueño bonito, y aparece una cría de lobo que te mira con esos ojitos de “por favor, cuídame, que yo te voy a querer mucho”. Y claro, tú ya estás vendido. No hay escapatoria. Es imposible no enamorarse. Ese lobito tiene más poder emocional que cien películas de Pixar juntas.

El DLC te enseña cómo empezó todo ese vínculo tan precioso del juego principal, pero lo hace con una delicadeza que te deja blandito por dentro, como si fueras un bizcocho recién hecho. Es como ver el vídeo de un cachorro aprendiendo a caminar, pero con música bonita, colores suaves y un toque de magia que te hace suspirar sin darte cuenta. Nomada Studio tiene un talento especial para convertir lo cotidiano en poético, y aquí se lucen.

Y luego están las ciénagas corruptas. Madre mía, qué espectáculo. Son tan preciosas que te sientes mala persona por pensar “qué bonito está lo podrido”. Es como si alguien hubiera mezclado un cuento de hadas con un pantano embrujado y hubiera dicho: “pues mira, queda precioso”. Hay un equilibrio perfecto entre lo mágico y lo inquietante, entre lo luminoso y lo oscuro, entre lo adorable y lo que te da un poquito de respeto. Y tú ahí, siguiéndolo todo como si fueras un turista emocional con cámara en mano.

Las mariposas blancas flotando por ahí son la guinda del pastel. No solo te guían, sino que le dan al DLC un aire de “esto es importante, esto es especial, esto es el principio de algo grande”. Y tú lo sientes. Lo notas. Es como si cada mariposa fuera un pequeño recordatorio de que estás presenciando el nacimiento de una relación que luego te va a romper y recomponer el corazón en el juego principal.

En resumen, este inicio es una maravilla. Es dulce, es mágico, es precioso y te deja con esa sensación de “¿por qué no dura más?”. Es el tipo de contenido que te hace querer volver a jugar Neva entero solo para abrazar emocionalmente a ese lobito desde el principio.

La jugabilidad es una sorpresa muy agradable, pero agradable en plan “me esperaba un vasito de agua y me han traído un batido de chocolate con nata”. Aquí Nomada Studio claramente se reunió y dijo: “vamos a meter un poquito más de acción, que la gente se lo pase bien mientras llora por dentro”. Y oye, funciona de maravilla. Tienes zonas nuevas que parecen diseñadas por alguien que quería que te lo pasaras bien sí o sí, enemigos nuevos que te miran con cara de “ven, que te voy a dar un sustito elegante”, y jefes que te hacen sudar un poquito, pero del bueno, del que te deja satisfecho, no del que te hace replantearte tu vida gamer.

Las mecánicas nuevas te mantienen despierto, atento, con ese puntito de tensión que te hace agarrar el mando con más fuerza de la necesaria. Pero lo mejor es que no es difícil, no es frustrante, no es de esos DLC que te hacen gritarle a la tele como si la tele tuviera la culpa. Es más bien como un paseo emocionante con algún sustito simpático, como cuando vas por un pasaje del terror pero sabes que los actores no te pueden tocar. Y el lobito… ay, el lobito. Ese sí que es un compañero. Ayuda, coopera, te sigue, te mira, te salva, te avisa… es que es imposible no quererlo. Si existiera en la vida real, ya tendría más seguidores que muchos influencers que se pasan el día enseñando desayunos.

La ambientación es una locura de bonita. Sigue con ese estilo artístico que parece sacado de un libro ilustrado que te regalaría tu abuela moderna, esa que va a exposiciones y te dice “esto te va a encantar”. Las ciénagas corruptas tienen un rollo entre mágico y siniestro que te deja embobado, como si estuvieras viendo un documental de naturaleza dirigido por un poeta. Hay zonas que parecen decirte “mira qué bonito soy, aunque esté medio muerto”, y tú ahí, con la boca abierta, disfrutando del espectáculo.

Y las mariposas blancas… madre mía, qué invento. Flotan por ahí como pequeñas señales del destino diciéndote “ven por aquí, que te va a gustar”. Y tú vas, claro, porque ¿Cómo no vas a seguir mariposas brillantes? Es imposible resistirse. Son como el equivalente mágico de un cartel de neón que dice “cosas bonitas por aquí”.

Los gráficos en PS5 son para aplaudir de pie. No buscan realismo, buscan belleza, y la consiguen sin despeinarse. Cada animación es suave como mantequilla, cada color está puesto con un mimo que parece que el artista se tomó un café, respiró hondo y dijo “hoy voy a hacer llorar a alguien de lo bonito que va a quedar esto”. Cada rayo de luz parece decirte “hazme una captura, anda, que estoy guapísimo hoy”. Es de esos juegos que te hacen pensar que tu tele estaba viviendo al 50% hasta ahora y que por fin ha encontrado su propósito en la vida. Y encima va fluido, suave, sin tirones, sin sustos, sin nada que te saque del momento. Una maravilla visual.

El sonido es otro nivel. La música no te invade, no te grita, no intenta ser épica porque sí. Te acompaña, te abraza, te acaricia la oreja como si fuera un gato emocional ronroneando. Es suave, es delicada, es preciosa. Y cuando tiene que ponerse intensa, se pone, pero sin perder la elegancia, como quien sube el volumen justo cuando empieza su parte favorita. Los efectos sonoros están tan bien hechos que te quedas escuchando el viento, el agua, los pasos… todo suma, todo encaja, todo te mete más en la historia. Es un juego que se oye tan bonito como se ve, y eso ya es decir muchísimo.

En conjunto, esta parte del DLC es una fiesta sensorial. Te hace jugar, te hace sentir, te hace mirar la pantalla con cara de “qué maravilla estoy viviendo”. Y lo mejor es que lo hace sin esfuerzo, sin artificios, sin pretender ser más de lo que es: un pedacito de arte jugable que te alegra el día.

En resumen, Neva: Prologue en PS5 es un caramelito emocional de los que te arreglan el día sin pedir nada a cambio. Es bonito, es mágico, es tierno, es intenso y tiene más personalidad que muchos juegos enteros que cuestan diez veces más. Y lo mejor de todo es que este DLC no solo se juega: se siente, se respira, se vive. Es de esos contenidos que te envuelven como una manta suave y calentita y, cuando lo terminas, te quedas con esa sensación de “madre mía, qué bien me ha sentado esto, necesito otro igual”.

Y aquí viene lo mejor: cuesta un precio ridículo. Ridículo de verdad. Ridículo de “¿cómo puede valer tan poco algo que me ha dado tanto?”. Es ese tipo de compra que haces sin pensarlo, como cuando ves una oferta absurda en el súper y dices “pues me lo llevo, por si acaso”. Solo que aquí, en vez de galletas, te llevas un pedacito de arte que te acaricia el alma.

Vamos, que si te gustó Neva, este DLC no es recomendable: es obligatorio, como beber agua o dormir ocho horas (aunque eso último no lo haga nadie). Y si no te gustó… pues igual este te convence, porque entra suavecito, te mira con ojitos tiernos y se queda a vivir en tu corazón como un lobito feliz que ha encontrado su hogar.

Es pequeño, es barato, es precioso y te deja mejor que una siesta perfecta. ¿Qué más se puede pedir?

Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:



Entradas populares de este blog

Hop 'n' Marty, plataformas, locura y risas a ritmo de salto.

Analizamos Tank Brawl 2: Armor Fury

Analizamos Wildermyth: Edición para consolas