Neva: un viaje precioso que te rompe el alma… y luego te la recompone con arte

Neva es ese juego que te mira desde la estantería digital de la Play y te dice: “ven, que te voy a destrozar el corazón pero con cariño”. Y tú, como persona funcional que eres, dices: “venga, va, total, qué puede pasar”. Pues pasa que Nomada Studio —los artistas que hicieron GRIS, ese juego que te deja blandito como pan de molde— han vuelto a hacer de las suyas. Y Devolver Digital, que es básicamente la distribuidora más punk del planeta, ha dicho: “¿un juego que parece un cuadro en movimiento y que te hace llorar? Firmo”.

La historia empieza fuerte. Pero fuerte de verdad. No fuerte tipo “explosiones, helicópteros y un señor gritando ¡GO, GO, GO!”, sino fuerte tipo “ay, mi corazoncito, ¿por qué me haces esto tan pronto?”. Nomada Studio no te da ni cinco minutos para acomodarte en el sofá: te suelta un golpe emocional que te deja mirando la pantalla como si hubieras visto a tu profesor de matemáticas bailando bachata. Alba, la protagonista, vive un momento traumático que te desmonta por dentro y te hace pensar: “¿pero esto no era un juego bonito? ¿Dónde están las flores, los colores pastel y la calma espiritual?”. Pues están, pero primero te toca llorar un poquito, que parece que te cobra por lágrima.

Y justo cuando estás ahí, con el alma hecha puré, aparece él: el lobito bebé. Un ser tan adorable que debería venir con un aviso de “peligro: puede provocar ganas de abrazar la tele”. Es pequeño, torpón, con esas patitas que parecen de gelatina y esa mirada que dice “adóptame, por favor, te prometo que no rompo nada”. Te entran ganas de ponerle un nombre ridículo tipo “Pelusín”, comprarle un jersey de lana con estampado de renos y llevarlo al veterinario más cercano para que le hagan un chequeo emocional. Y lo mejor es que no es un accesorio decorativo: se convierte en tu compañero de viaje, pero compañero de verdad, no de esos que se quedan atascados en una puerta o se tiran por un precipicio porque la IA decidió tomarse el día libre. Este lobito es útil, mono y encima crece contigo. Literalmente. Pasa de cachorro torpe a lobo elegante y poderoso como si hubiera hecho un Erasmus emocional en Hogwarts.

El mundo por el que viajas es una mezcla deliciosa entre cuento ilustrado, pesadilla suave y postal de Instagram que te da envidia. Todo se está viniendo abajo, sí, pero de una forma tan bonita que te sientes mala persona por pensar “qué preciosidad de apocalipsis”. Es como si el fin del mundo lo hubiera diseñado un artista sensible con acuarelas y mucho tiempo libre. Hay bosques que parecen susurrarte secretos, ruinas que te cuentan historias sin decir ni una palabra y criaturas oscuras que te miran como si hubieran dormido fatal y tú fueras el responsable. La ambientación es tan buena que te dan ganas de poner el juego en modo “pantalla de fondo” mientras limpias la casa, cocinas o simplemente te sientas a mirar cómo se mueve todo como si fuera un cuadro vivo.

La jugabilidad es más sólida que en GRIS, y se nota que los desarrolladores se reunieron un día y dijeron: “vamos a hacer arte, sí, pero también vamos a hacer un juego de verdad, que la gente pueda mover botones y sentirse útil”. Y vaya si lo han hecho. Aquí tienes plataformas, tienes combate, tienes puzles ligeritos que no te hacen sentir tonto y tienes momentos de acción que te pillan por sorpresa como cuando te acuerdas de que dejaste la lavadora puesta. No es un juego difícil, ni pretende serlo. Es más bien como un paseo emocional con sobresaltos estratégicos. El combate es sencillo, pero funciona. No te pide combos imposibles ni reflejos de ninja profesional; te pide que estés atento, que no te duermas y que no te pongas a mirar el móvil en mitad de una pelea. Y el lobito… ay, el lobito. Ese sí que es un compañero. Ayuda, coopera, empuja cosas, te salva el pellejo, te avisa de peligros… vamos, que es mejor compañero que mucha gente real que conoces. Si existiera en la vida real, ya tendría club de fans.

Los gráficos en PS5 son una barbaridad, pero barbaridad de las que te hacen decir “madre mía, ¿Qué clase de brujería es esta?”. No buscan realismo, no quieren que confundas un árbol del juego con el de tu calle. No. Aquí lo que buscan es belleza, pura y dura, sin pedir perdón. Y vaya si lo consiguen. Cada animación parece hecha a mano por alguien que lleva años practicando caligrafía japonesa. Cada color está puesto con un mimo que parece que el artista se tomó un café, respiró hondo y dijo: “este tono de azul va a cambiar vidas”. Y lo hace.

Los rayos de luz… ay, los rayos de luz. Esos sí que tienen actitud. No iluminan: posan. Te miran y te dicen “mira qué bonito soy, admírame, hazme una captura, ponme de fondo de pantalla”. Y tú, obediente, lo haces. Porque es imposible no hacerlo. Es de esos juegos que te hacen pensar que tu tele estaba desaprovechada, como si hubiera estado viviendo al 30% de su potencial hasta que llegó Neva a decirle “venga, espabila, que hoy toca lucirse”.

Y lo mejor es que todo esto va fluido. Pero fluido de verdad. Nada de tirones, nada de sustos, nada de “uy, se ha quedado congelado justo cuando iba a llorar”. No. Aquí todo va suave, como mantequilla derritiéndose en una tostada caliente. Es una delicia visual que te envuelve y no te suelta.

Y ahora el sonido… madre mía, el sonido. Eso ya es otro nivel. La música no te grita, no te invade, no te dice “mírame, soy épica, soy importante, soy Hans Zimmer en esteroides”. No. La música te acompaña, te abraza, te acaricia la oreja como si fuera un gato emocional que se te sube al regazo sin pedir permiso. Es suave, es delicada, es preciosa. Y cuando tiene que ponerse intensa, se pone, pero sin perder la elegancia. Como quien sube el volumen de la radio justo cuando empieza su parte favorita.

Los efectos sonoros están tan bien integrados que a veces te quedas escuchando el viento como si fuera parte de la historia. Y lo es. El crujido de las hojas, el rugido de las criaturas, los pasos de Alba, el susurro del lobito… todo está colocado con una precisión quirúrgica. Es un juego que se oye tan bonito como se ve, y eso ya es decir mucho.

Hay momentos en los que simplemente te paras, bajas el mando, y te quedas escuchando. Porque sí. Porque puedes. Porque el juego te invita a hacerlo. Y tú, como persona sensata, aceptas la invitación.

Y ahora, las compañías. Aquí es donde toca ponerse de pie y aplaudir un poquito, porque lo que han hecho tiene mérito. Nomada Studio, desde Barcelona, vuelve a demostrar que tienen un talento que da miedo, pero miedo del bueno, del que te hace decir “¿cómo puede existir gente tan creativa sin que les explote la cabeza?”. No hacen juegos, hacen experiencias. Hacen arte jugable. Hacen cosas que te dejan mirando la pantalla como si estuvieras viendo magia en directo. Son ese tipo de estudio que no necesita gritar para llamar la atención: con un susurro ya te tienen atrapado.

Su estilo es tan reconocible que podrías ver un fotograma suelto y decir “esto es de Nomada, fijo”. Y no porque repitan fórmulas, sino porque tienen una sensibilidad artística que parece sacada de otro planeta. Son como esos músicos que tocan una nota y ya sabes que son ellos. Pues igual, pero con pinceles digitales y animaciones que parecen flotar.

Y luego está Devolver Digital, que es básicamente el colega más valiente, más punk y más gamberro de toda la industria. Ese que siempre apuesta por lo raro, lo diferente, lo que tiene alma. El que ve un proyecto que otros descartarían y dice: “¿esto es extraño, emocional y precioso? Perfecto, lo quiero”. Y menos mal que existen, porque sin ellos, joyitas como Neva no verían la luz. Devolver es como ese amigo que te dice “hazlo, tío, confío en ti”, y luego te acompaña a todas partes para que no te dé vergüenza. Benditos sean.

En resumen, Neva en PS5 es un viaje emocional de los que te dejan tocado, pero en plan bonito, como cuando ves un vídeo de un perro reencontrándose con su dueño después de meses. Es un juego que no se olvida, que se te queda pegado al pecho, que te hace sentir, que te hace pensar, que te hace querer abrazar a un lobo aunque en la vida real eso sea una idea pésima y probablemente acabes en urgencias. Es precioso, es triste, es cálido, es intenso y tiene más personalidad que muchos juegos con diez veces su presupuesto y cien veces su marketing.

Es de esos títulos que no solo juegas: los vives. Te acompañan. Te remueven. Te hacen mirar la pantalla con los ojos brillantes y decir “qué maravilla acabo de experimentar”. Y cuando lo terminas, te quedas un rato en silencio, como quien vuelve de un viaje largo y necesita procesar.

Si te gustan las historias que te remueven por dentro, los mundos que parecen cuadros vivos y los juegos que te hablan directamente al corazón, Neva es tu sitio. Y si no te gustan… bueno, igual después de jugarlo cambias de opinión. Porque este juego no entra: se te instala, se te acomoda, se te queda, y cuando te quieres dar cuenta ya forma parte de ti.

Y eso, amigo, no lo consiguen muchos.

Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:



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