Reus 2 y su DLC Grasslands: cuando ser dios se vuelve adictivo, caótico y deliciosamente verde

Reus 2 es de esos juegos que te hacen sentir como si estuvieras jugando con un terrario cósmico… pero en versión XXL, con titanes gigantes que parecen sacados de un catálogo de criaturas mitológicas que se fueron de Erasmus y volvieron con ideas nuevas. La premisa sigue siendo la misma que en el primero, pero aquí todo está más vitaminado, más loco y más juguetón: tú eres la fuerza divina que maneja a estos titanes para crear mundos, biomas, recursos y, en general, darle a la humanidad un sitio donde prosperar… o donde liarla parda, porque ya sabemos cómo son. El juego salió el 28 de mayo de 2024 y desde entonces se ha convertido en el juguete favorito de quienes disfrutan de la estrategia relajada pero con profundidad.

La historia no es una trama con cinemáticas ni héroes épicos, sino un marco conceptual que te dice: “mira, aquí tienes un planeta vacío, haz magia”. Y tú haces magia. Creas bosques, montañas, océanos, desiertos, pantanos… y cada bioma afecta a cómo viven las tribus humanas. Ellos evolucionan según lo que tú les das, y tú evolucionas según lo que ellos consiguen. Es un tira y afloja precioso, como si fueras un profe de manualidades cósmico viendo cómo tus alumnos construyen un castillo precioso… y luego lo queman porque se han vuelto demasiado ambiciosos. Cosas que pasan.

La jugabilidad es una mezcla deliciosa de estrategia, gestión y experimentación, pero cuando te metes un poco más a fondo te das cuenta de que Reus 2 funciona como una especie de laboratorio cósmico donde cada decisión tiene efecto mariposa. Cada titán no solo tiene habilidades únicas, sino también ritmos, limitaciones y “personalidades” mecánicas que hacen que combinarlos sea casi un arte. Es como si estuvieras en una heladería experimental donde te dejan mezclar pistacho con curry y helado de nube rosa: a veces descubres la octava maravilla del mundo y otras veces creas un monstruo culinario que jamás debería volver a existir. Pero ahí está la gracia.

Los recursos no se limitan a estar colocados en el mapa; se hablan entre ellos, se potencian, se contradicen, se enfadan, se enamoran… y tú estás ahí, intentando que todo fluya sin que una tribu se vuelva loca de ambición o se deprima porque no le das lo que quiere. Las tribus reaccionan a tus decisiones de formas que a veces parecen lógicas y otras veces parecen el equivalente humano a “me enfado y no respiro”, lo cual añade un toque de caos delicioso. Y mientras ellos hacen sus cosas, tú vas desbloqueando nuevas habilidades, nuevos recursos y nuevas formas de moldear el planeta, dependiendo de lo bien (o lo catastróficamente mal) que lo estén haciendo tus pequeños humanos.

El juego te empuja constantemente a experimentar: probar una combinación rara, ver qué pasa si cambias un bioma de sitio, intentar una sinergia que parece absurda… y de repente funciona. O explota. Pero incluso cuando explota, te ríes, reinicias y vuelves a intentarlo con otra idea loca. Además, cada planeta que creas puede tener un “espíritu humano” distinto, una especie de personalidad global que cambia los objetivos, las prioridades y la forma en que se desarrolla la partida. Es como si cada mundo tuviera su propio carácter: uno más ambicioso, otro más espiritual, otro más caótico. Y eso hace que cada partida se sienta diferente, fresca y llena de posibilidades.

En resumen, es un juego que no solo tiene rejugabilidad para aburrir, sino que te invita a perderte en ella con gusto, como quien dice “venga, una partida más” y cuando te das cuenta ya es de día.

Los gráficos son una maravilla: un estilo 2D colorido, suave y lleno de personalidad, como si alguien hubiera mezclado un libro ilustrado con un documental de naturaleza adorable. Los titanes tienen animaciones preciosas, los biomas se sienten vivos y cada recurso tiene su propio encanto visual. No busca realismo, busca encanto, y lo consigue de sobra. El sonido acompaña con música relajante, efectos ambientales que te meten en cada bioma y un tono general que te hace sentir que estás creando un mundo con cariño, no gestionando una fábrica de números. Es de esos juegos que te pones con un té al lado y te quedas embobado mirando cómo prospera tu planeta.

Y ahora, el plato fuerte: El DLC Grasslands es básicamente Abbey Games diciéndote: “¿Te creías que ya dominabas Reus 2? Pues toma, más leña para el fuego divino”. Esta expansión no llega tímida ni discreta, llega como ese colega que entra por la puerta con una bandeja de croquetas y grita “¡fiesta!”. Es la tercera gran expansión del juego y aterriza el 22 de enero de 2026, pero no como un simple añadido: viene a cambiarte la forma de jugar, a abrirte nuevas rutas mentales y a obligarte a replantearte estrategias que dabas por seguras.

El nuevo bioma de praderas es una joyita. No es el típico bioma verde y feliz que te imaginas cuando oyes “grasslands”; aquí las praderas son un ecosistema delicado, seco, lleno de tensiones naturales, donde la vida brota con fuerza pero también puede desaparecer en un suspiro si no equilibras bien los recursos. Es un bioma que te obliga a pensar en términos de fragilidad, de ciclos, de aprovechar lo poco que tienes para generar sinergias potentes. Y lo mejor es que no se limita a cambiar el color del suelo: introduce mecánicas propias, recursos que solo existen en este entorno, y combinaciones que no funcionan igual en ningún otro bioma. Es como si te dieran un nuevo tablero entero para jugar.

Además, Grasslands trae nuevos líderes humanos, cada uno con sus obsesiones, sus objetivos y sus formas de interpretar el mundo que les has dado. Algunos prosperan con la abundancia, otros con la escasez, otros con la tensión constante entre vida y muerte. Esto hace que las eras humanas dentro de este bioma tengan un sabor completamente distinto: más impredecible, más salvaje, más “a ver qué pasa si dejo que esta tribu se vuelva loca con los recursos de la pradera”.

Y luego está la Steppe, el bioma hermano, primo o versión alternativa que puedes crear usando al gigante Jangwa si activas el modo Grasslands en lugar del modo Savannah. La Steppe es más árida, más dura, más extrema, y viene con su propio set de recursos y sinergias. Y sí, el propio Jangwa cambia de aspecto según el bioma que estés creando, un detallito que no afecta a la jugabilidad pero que te hace sonreír como un tonto porque se nota el cariño que le han puesto. Es ese tipo de mimo visual que te recuerda por qué este estudio tiene tanta personalidad.

El DLC también añade nuevas eras, nuevos eventos, nuevas cadenas de sinergias y un montón de combinaciones que no existían antes. Es de esos contenidos que no se limitan a darte “más cosas”, sino que te obligan a pensar de otra manera. Si en el juego base ya estabas haciendo malabares con recursos, ahora prepárate para hacer malabares con antorchas encendidas mientras montas en monociclo. Pero en plan divertido, no en plan estrés.

En cuanto al precio, en España aparece listado a 7,99 €, con un 10% de descuento de lanzamiento, lo cual es bastante razonable para la cantidad de contenido que mete. No es un DLC cosmético ni un pack de “tres plantitas nuevas”: es una expansión que te cambia la partida de arriba abajo. Y como extra anunciamos que las expansiones previas tendrán un descuento del 20% y el juego base un 50% (esperemos que no sea el caso, pues estos descuentos estarán durante dos semanas y merecen completamente la pena).

Grasslands no es un “más de lo mismo”, es un “te voy a romper los esquemas, divinidad, y vas a disfrutar cada minuto”. Es el tipo de expansión que te hace volver al juego base con ojos nuevos, como si hubieras descubierto una habitación secreta en una casa que creías conocer de memoria. Y eso, en un juego de estrategia, es oro puro.

En cuanto a la desarrolladora y la distribuidora, Abbey Games y Firesquid son como ese dúo de colegas que se entienden sin hablar. Abbey Games es un estudio pequeñito pero con una imaginación desbordante, especializado en juegos de estrategia con personalidad y humor. Firesquid, por su parte, es una distribuidora que apuesta por proyectos con alma, especialmente dentro del género estratégico. Juntos forman una pareja que sabe lo que hace: uno crea mundos llenos de vida y el otro los lleva al escaparate con mimo. Se nota que ambos creen que la estrategia no tiene por qué ser gris y seria; puede ser colorida, simpática y profundamente creativa.

En resumen, Reus 2 es un simulador de dios encantador, profundo y tremendamente divertido, perfecto para quienes disfrutan de experimentar y ver cómo sus decisiones afectan a un mundo entero. Y Grasslands llega para expandir ese universo con un bioma nuevo, mecánicas frescas y un montón de contenido pensado para quienes ya dominan el arte de jugar con titanes. Es un juego que entra suave, te engancha sin que te des cuenta y te invita a volver una y otra vez para crear el planeta perfecto… o al menos uno que no explote demasiado rápido.


Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento del juego base:



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