Undivine: el metroidvania que te castiga con arte y te abraza con oscuridad

Undivine es ese tipo de juego que te lanza a un mundo oscuro y retorcido sin darte ni un mísero mapa ni una palmadita en la espalda. Tú apareces ahí, con cara de “¿y ahora qué?”, y el juego te responde con una sonrisa torcida: “Ahora sufres, pero con estilo”. Porque sí, esto es un metroidvania con todas las letras, y con una personalidad que mezcla lo gótico, lo místico y lo marrollero en una sopa espesa de pixel art y combates exigentes.

La historia no te la sirve en bandeja. Aquí no hay cinemáticas con narradores épicos ni tutoriales que te expliquen el lore como si fueras un turista en un museo. No, aquí te enteras de las cosas a trompicones, leyendo fragmentos, hablando con personajes que parecen salidos de un poema maldito, y sobre todo, observando. Porque el mundo de Undivine habla por sí solo: ruinas, templos, criaturas deformes, y una atmósfera que te hace sentir que algo terrible pasó… o está a punto de pasar. Es como leer un cuento de terror sin que nadie te lo lea en voz alta.

El protagonista es un tipo silencioso, pero con mala leche. No habla, pero reparte espadazos como quien tiene cuentas pendientes con el universo. A medida que avanzas, desbloqueas habilidades que te hacen sentir más poderoso, pero nunca invencible. Saltos dobles, ataques mágicos, mejoras pasivas… todo muy bien integrado, sin volverte loco con menús ni estadísticas. El combate es directo, pero con profundidad. Aquí no vale aporrear botones: hay que esquivar, medir tiempos, y aprender los patrones de los enemigos como si fueran coreografías mortales.

Y hablando de enemigos… madre mía. Hay de todo: bichos que se arrastran, espectros que flotan, bestias que ocupan media pantalla y te miran como diciendo “te vas a arrepentir de haber entrado aquí”. Cada jefe es un evento. No solo por su diseño, que es una maravilla de lo grotesco, sino por cómo te obligan a cambiar tu forma de jugar. Algunos te atacan desde lejos, otros te persiguen como si fueras su ex, y otros simplemente te aplastan si pestañeas. Pero cuando los derrotas… qué gusto. Es ese momento de levantar los brazos y gritar “¡sí!” aunque estés solo en el salón.

Visualmente, el juego es una carta de amor al pixel art sombrío. Nada de colores chillones ni escenarios felices. Aquí todo es decadente, hermoso en su fealdad, como un cuadro barroco con neones apagados. Los fondos están llenos de detalles, las animaciones son fluidas, y cada zona tiene su propia identidad visual. La música acompaña con elegancia: melodías melancólicas, coros inquietantes, y silencios que te ponen los pelos de punta. No es para bailar, pero sí para sumergirte.

Y lo mejor: no te trata como tonto. Undivine confía en ti. No te dice dónde ir, no te marca el camino con flechas gigantes, y no te da pistas cada cinco minutos. Te suelta en su mundo y te dice: “explora, equivócate, vuelve, aprende”. Y eso, en estos tiempos de juegos que te llevan de la mano como si fueras en excursión escolar, se agradece.

¿Tiene defectos? Claro. A veces te pierdes más de la cuenta, algún salto puede frustrarte, y hay momentos en los que te preguntas si el juego te odia. Pero todo eso forma parte del viaje. Porque cuando lo superas, cuando dominas ese jefe que te tenía frito, cuando encuentras ese atajo que te ahorra media hora… te sientes como un campeón.

En resumen: Undivine en PS5 es una joyita oscura, exigente y con alma. No es para todos, pero si te gustan los desafíos, los mundos que te hablan sin palabras, y los juegos que te hacen sudar con gusto, este te va a encantar. Ponte cómodo, baja las luces, y prepárate para una aventura que no te va a dar tregua… pero sí muchas satisfacciones.


Aquí os dejamos el tráiler de lanzamiento:



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